Ocentejo

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Población dentro del Parque Natural del Alto Tajo en su tramo bajo, escoltada por cuestudos y rocosos cerros llenos de pinos, sabinas, enebros y romeros y a poco más de un km del río. Al oeste limita con Oter y Canredondo, al norte con Sacecorbo y Canales del Ducado, al este linda con Armallones y al sur con Valtablado del Río. Su nombre nos remite a la palabra hoz (garganta, cañón, desfiladero profundo delimitado por paredes rocosas) y al río Tajo, aunque pudiera ser que el último término tenga que ver con el árbol llamado tejo (Taxus baccata) que no falta en la zona, muy rica en flora.

Como casi todas las poblaciones de la zona Ocentejo fue fundado seguramente en época de la Reconquista, aunque no faltan indicios del pasado anterior a esta época en las inmediaciones. En el s.XII debió construirse su pequeño castillo o atalaya, de la que sólo quedan unos pocos restos y fue incluido en el Común de Villa y Tierra de Medinaceli, pasando después a los nobles conquenses de la familia Carrillo de Albornoz, que remozaron la fortaleza. El castillo y el pueblo fueron arrasados por el ejército del Imperio francés como represalia contra las guerrillas del Empecinado en 1810. En el s. XIX llegó a contar más de 400 habitantes. Sus abruptos montes sirvieron de refugio a los maquis años después de la Guerra Civil.

 

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La iglesia es modesta y sobria, de estilo renacentista-barroco y en su término quedan los restos de un puente sobre el Tajo, destruido en 1810, también existen una salinas por el camino del Hundido, llamadas de “La Inesperada” explotadas de manera continua hasta 1936.

En el término de Armallones, en la margen izquierda del Tajo, se encuentra el Hundido, espectacular desprendimiento de una ladera de la hoz del Tajo como consecuencia de un gran temporal en el s.XVI. Desde la orilla derecha, que pertenece a Ocentejo, se pueden apreciar los efectos todavía visibles casi 500 años después. Los vecinos de la época declararon al rey en las Relaciones de Felipe II (1568) que el río se quedó seco durante varios días al bloquearse el lecho del mismo con las grandes piedras caídas (auténticos tormos que aún permanecen en el lugar y dan nombre al paraje: Estrecho de la Tormellera). Este suceso fue precedido por un gran estrépito escuchado en el pueblo, tal parecía que se acabara el mundo. Unos carreteros que llevaban lana con sus bueyes aprovecharon para cruzarlo a toda prisa por el vado según quedó seco, otros pocos aprovecharon para coger las truchas que quedaron en los charcos, pero otra mucha gente temiendo una gran crecida repentina al quedar el cauce expedito subió a los cerros para protegerse, aunque al final no se produjeron más percances.

 

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