Quercus ilex subsp. ballota / carrasca, encina, chaparro

 

Quercus ilex subsp. ballota (Desf.) Samp. / carrasca, encina, chaparro

-Fam. Fagáceas

 

Uno de los árboles más comunes de la Península Ibérica, de una altura que no suele rebasar los 20 m., con tronco gis pardusco, también se halla en forma arbustiva en monte bajo. Potentes raíces y copa globosa o más o menos redondeada. Las hojas son perennes con el envés grisáceo, en los ejemplares más desarrollados frecuentemente tienen el margen liso, y en los ejemplares menores y ramas bajas margen punzante para poder defenderse algo de los herbívoros, como sucede también con los acebos. Rebrota de cepa si se quema o se tala.

No es un árbol muy exigente, resiste bien las heladas (hasta -20º C) y las sequías. Sobrevive en suelos pedregosos secos y faltos de materia orgánica. En nuestra zona generalmente opta por ocupar solanas y terrenos más pedregosos, donde compite eficazmente con los quejigos por sus menores necesidades en cuanto a suelo y precipitaciones. No tiene preferencia por un pH determinado del sustrato, ocupando por igual margas, calizas, suelos originados de la degradación de conglomerados de matriz silícea, rodenos o pizarras entre otros. Resiste en buena medida los terrenos con yeso si la precipitaciones están por encima de los 500 mm anuales.

 

 

Hoy día son muy escasos los restos de encinares bien conservados en este territorio. En esos pocos fragmentos encontramos un bosque umbroso y casi infranqueable, muy rico en especies arbustivas de hoja perenne (Ruscus aculeatus, Quercus coccifera, Viburnum tinus, Arbutus unedo, Rhamnus alaternus, Coronilla glauca, Phyllirea angustifolia, Cistus albidus) con plantas trepadoras (Lonicera implexa, Lonicera etrusca, Asparagus acutifolius, Bryonia dioica, Hedera helix, Rubia peregrina, Tamus communis, Clematis vitalba, Rubus ulmifolius, Rosa micrantha…) muchas de ellas termófilas que prefieren el calor meridional, levantino, o las suaves temperaturas de la costa cantábrica. En general, los carrascales de cotas más bajas tienen una mayor diversidad, sobre todo en las umbrías con más humedad. Al ascender en altitud hacia las parameras del Sistema Ibérico el matorral acompañante escasea netamente en cuanto variedad. A las encinas aquí las acompaña la aliaga (Genista scorpius), espliego (Lavandula latifolia), salvia (Salvia lavandulifolia), enebros (Juniperus oxycedrus y J. communis), sabinas (Juniperus phoenicea y J. thurifera), tomillos (Thymus vulgaris y Thymus zygis principalmente) con estepas (Cistus laurifolius), mejorana (Thymus mastichina) y cantuesos (Lavandula pedunculata) en suelos calizos lavados y de pH ácido, algún escaramujo (Rosa micrantha) y frecuentemente gayuba (Arctostaphyllos uva-ursi). Las herbáceas más frecuentes son Brachypodium phoenicoides, Brachypodium retusum, Bupleurum fruticescens, Bupleurum rigidum, Phlomis lychnitys, Aphyllantes monspelliensis, Linum suffruticosum, Viola alba, Cephalaria leucantha, etc.

A partir de los 1300 m ya se rarifica la encina, debido a que el frío de los largos inviernos limita su propagación, aunque su cota máxima parece estar sobre los 1500 m de altitud. Son frecuentes los bosques mixtos de encina y quejigo, o con las distintas especies de pino y sabinas. Su distribución es mediterránea occidental.

Los mejores pies de encina los encontramos casi siempre en dehesas, podados para favorecer la entrada de luz a la copa y de esta manera aumentar la fructificación. Las bellotas de encina pueden tener sabor dulzón o bien amargar. Se han favorecido desde tiempos muy antiguos aquellos ejemplares de bellota dulce, talando los que dan fruto amargo. En tiempos de escasez se consumían asadas entre las cenizas de la lumbre, con un corte como se les hace a las castañas, de esta manera perdían su amargor. Los antiguos celtíberos y otros pueblos peninsulares de la Antigüedad basaban buena parte de su dieta en el consumo de harina de bellotas, desprovistas de taninos que las hacen de sabor áspero mediante su lavado, secado o tostado, como se deduce de los comentarios de los historiadores romanos y de averiguaciones actuales que se han hecho analizando los restos óseos, de molinos o recipentes en necrópolis como la de Numancia. Después de procesadas eran reducidas a harina, empleada para elaborar panes o gachas.

 

 

La bellota es fundamental para la alimentación de la fauna silvestre y para el ganado doméstico, entre otros para el engorde del cerdo de raza ibérica. La madera es excelente como combustible, con gran poder calorífico, dura  y pesada pero no muy usada en carpintería ya que tiende a retorcerse cuando se seca.   En el pasado se explotó masivamente para leñas y carboneo, dando como resultado los tallares (monte bajo) que estamos acostumbrados a ver, y que no sobrepasan los 8 m de altura y tienen una edad de entre 50 y 30 años. Este tipo de monte tiene los inconvenientes de su alta combustibilidad (foco de incendios) y de la poca viabilidad por excesiva competencia entre todos los rebrotes de cepa, que no producen fruto aprovechable y la leña es de escaso calibre. Lo deseable sería hacer tratamientos selectivos y progresivos sacando los pies enfermos, secos, que vegetan a la sombra de un ejemplar mayor o malformados, y a la vez introducir ganado (especialmente caprino) para controlar el rebrote que emiten, que resta fuerza a los árboles restantes, para conseguir su conversión a monte alto con su regeneración asegurada al disponer de bellotas.

El encinar calcícola también produce hongos comestibles como Leccinum lepidum, Hygrophorus russula, Morchella elata y la cotizadísima Tuber melanosporum. En los encinares sobre sustrato ácido se encuentran las suculentas setas Amanita caesarea y Boletus aereus. La miel de carrasca es muy oscura y de sabor fuerte. La corteza es astrigente por su riqueza en taninos.

Los principales enemigos (obviando los humanos con motosierra) de la carrasca son el coleóptero Cerambyx cerdo que realiza galerías dentro de su madera y la orugas defoliadoras de los lepidópteros como Lymantria dispar y Tortrix viridana. En los últimos años se ha registrado el fenómeno de “la seca” afectando a amplias superficies de encinar. Suele constar de dos fases: la primera consiste en un decaimiento general de los árboles a causa de la sequía. Posteriormente varios hongos de los géneros Diplodia e Hypoxilum se aprovechan de este debilitamiento para infectar los tejidos del árbol, ocasionando de esta manera su muerte. Afecta sobre todo a las encinas de los suelos más pedregosos y secos.

Florece de abril a junio.

 


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